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GOYITO Y RAFIN

Presenta

Magazín Bilingüe de Sátira Política, Humor,  Anécdotas, Cuentos, MASCOTAS y Algo de Literatura Puertorriqueña

Bilingual Magazine of political satire, Humor, Anecdotes, Short Stories, Pets and Mascots and some puertrorrican literature

San Juan--Puerto Rico

PURA VELA

ONLY SAILING

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2019

BELGICA

Rafin R. Mena

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Cuando Bélgica conoció a Chepo apenas tenía 13 años; aunque para decir verdad, ya hacía tiempo que se gustaban y de cierta manera se “entendían”. Allí en Tocón, cuando una muchacha tenia la primera menstruación, se le consideraba “mujer” y para todos los efectos, como tal podía actuar. Así que Bélgica como ese era su caso y costumbre, sabia y quería actuar de esa habitual manera. Si Chepo se aprovechó o no de la situación, allí  ni le importaba, o lo interesaba a nadie. Tocón es uno de esos villorrios o puebluchos  de la “Línea,” como allá se le llama a la zona fronteriza con Haití, mísero, pobrísimo, polvoriento y atrasado de gente de una ignorancia supina; de los muchos que hormiguean entre Dajabón y Santiago Rodríguez, ambos pueblos y regiones de cierta consideración y que económicamente, controlan esa frontera.  Además, allí la gente tampoco actuaba distinto así que nada fuera de lo común  pasó.

 

Para que tengan una idea de lo que era Tocón para entonces, la corriente eléctrica no llegó hasta cerca de allí, a veinte kilómetros, hasta muchos años después de esta historia que les voy a contar.  Agua, es decir en acueducto, aún no ha llegado ni les llegará, y cualquier otro servicio público o privado era y es inexistente. De manera que la única comunicación con el mundo fuera del pueblucho, era por radio de baterías que el dueño encendía todas las noches por un par de horas y unas diez o quince vecinos oían añangotaos. El que quería ver televisión tenía que caminar por más de dos horas y llegarse al parquecito de La Colonia, donde el síndico como les llaman al alcalde, había puesto un televisor en blanco y negro, para que los vecinos, en su mayoría japoneses o descendientes de japoneses  se entretuvieran.  Cuento esto, no porque sea inusual esta historia, ya que es ocurrencia bastante corriente en la República Dominicana, sino por ciertos perfiles o aspectos trágicos-y novelescos que hasta cierto punto, la singularizan.

 

Bueno, entonces, como es usual, normal y corrientes en aquellos rumbos, eventualmente Checo y Bélgica se amancebaron—“se casarón, no oficial por supuesto”—y se metieron en el bohío, donde hacía tiempo él vivía. Una choza en realidad, de paredes de tabloncillos de palma, techado de paja de Cana y pasto Pacholí. Un cuarto separado del resto por una “cortina” o mamparo de sacos de yute y el resto cocina y área donde tenían dos taburetes, una mesa y el anafre sobre un montículo de barro que hacía de cocina.  Afuera a cierta distancia, como el resto de los bohíos de Tocón, estaba la letrina donde se hacia aquellas necesidades fisiológicas  que tan delicadamente hacemos nosotros en retretes inodoros. Ya al año de estar allí, Bélgica parió un muchachito que se le murió a los dos meses  de una extraña fiebre que le dio y de la que ella se libró de puro milagro.

 

Checo de milagro también, consiguió una chambita con un viejo que ordeñaba cinco o seis vacas flacas todos los días que con sus leches hacia queso; de esos blancos y que allí fríen como cosa  de costumbre, pienso que por miedo a la Brucelosis y las otras enfermedades que las vacas de la región siempre tienen. Los vendía, o los intercambiaba por otros alimentos, y con dos de ellos diarios, pagaba al muchacho porque en cheles no le alcanzaba el negocio. Como sobrevivieron antes del desenlace, es cosa que siempre me he preguntado. Pero fue con toda probabilidad el detonante, porque esta situación llevó al muchacho al desespero y que a sus veinte años cumplidos lo hacía parecer de cincuenta.  Así que uno de esos estrepitosos días de torrenciales lluvias que se dan en la “línea”, chorreando el bohío por mil sitios, se lo espepitó a la pobre Bélgica, que todo aquello, como buena dominicana, sufría en silencio. “Me voy, no aguanto más esta vaina”. La mujer callaba y ponía cacharros debajo de las “cascadas” que chorreaba el techo del bohío. “Tengo un primo allá abajo en la playa de Juan Dolio que vende cocos de agua a los turista y hasta una bicicleta se ha podido comprar”.  “Bueno” se limitó a decir Bélgica. Ese “bueno suspendido” que tanto encierra y dice en los dominicanos. “Ya te mandaré algo tan pronto pueda.”  Sin encomendarse a santo alguno, al otro día cogió trecho abajo hasta que la pobre infeliz de mujer dejó de verlo cuando después dobló en el enlodado camino y se perdió a lo lejos.

 

A los seis meses de su partida, nada le había enviado a Bélgica y menos se sabía de él.  No se inquiete apreciado lector, esto no es nada raro; es cosa que se da en ese país todo el tiempo. La necesidad, ignorancia y el desespero, convierte en egoístas y desdeñosos sobrevivientes a los hombres. Y este es caso típico de lo dicho; que se cuenta sin ánimo de juicio, sino para ilustración y explicación de lo que les contare poco a poco.

 

Acá en Tocón, luego de casi un mes de hambre y total carestía, esperanzada ignorante de todo, esperaba la infeliz de Bélgica. Ya, cuando algo le dijo de la futilidad de dicha espera, metió en una bolsa plástica los pobres trapos que como ajuar tenia, y sin saber que otra cosa hacer, se les presentó una tarde a sus padres que idem per idem, también sobrevivían; porque decir que vivían es falsedad.  Se sentó en el batey debajo de un aguacatero a esperar a su “Pai” y su “Mai”, que regresaran del conuco que labraban y que les producía lo que era su mísera forma de subsistencia. De nuevo les sugiero no inquietarse por esto porque en toda la región y en casi toda la ruralía del país, este es la forma de subsistencia de la inmensa mayoría de la población. Para aquellos dos prácticamente ancianos, padres de Bélgica, el Seguro Social, cupones de alimentos o cualquier ayuda alimenticia gubernamental al igual que para el resto del Pueblo, no existía. Una cosa que ellos allá llaman Inespre, (que nunca me supieron decir a que obedecía), en una guagua, circulaba por algunos sitios, naturalmente donde hay caminos algo decentes y la gente que podía darse el lujo, le compraban algunas cosas a precios un poco mejor que en el comercio general. En Tocón, nunca había llegado, o la gente conocía de su existencia.  Así que los padres de la muchacha si no producían, no comían, y ella representaba otra boca dura y difícilmente de alimentar. Pero la recibieron y con los brazos abiertos: “muchacha po tu no sabei lo que temo entrañao”. “Subei.. subei..entra pa’dentro mija”.  “Buenoi” se limitó ella a decir, se levantó y se metió en bohío de sus padres. Nada le preguntaron, nada ella dijo y mantuvieron el silencio que como sutil sistema de comunicación no verbal, tienen los pobres allá. Es que en estas situaciones, no hay que decir mucho cuando de antemano se sabe, o se malicia.  Sencillamente le colgaron esa noche la hamaca de los arcones de la puerta y eso fue todo.

Casi siete meses interminables duró la estadía en casa de sus padres a quienes Bélgica ayudaba desde la  madrugada hasta la puesta del Sol en el conuco sembrado de yuca, maíz, habichuelas, lerenes, papas y ñame mapuey y un montón de matas de plátanos regadas por dondequiera.  Una vez al año, también sembraban algo de arroz secano que se le daba bien y suficiente para ellos dos. Sobre todo si era época de buenas lluvias porque es muy demandante este tipo de arroz no anegable, de ese liquido.

 

Ya sin poder contenerse y muy entristecida por la ausencia de Chepo. Decidió ir tras el hombre que tanto amaba.  Luego de mil peripecias, dos violaciones en el camino y luego de casi tres días de viajes en tras bordos y aventones (Cogiendo pones por el camino), llegó a la Capital donde con suerte consiguió trabajo como doméstica en una casa de un comerciante capitolino que también se la quería “aprovechar”, por decirlo en forma más elegante. A los varios meses de arduo trabajo y de aguantarle las insolencias del hombre,  había juntado el dinero para viajar a Juan Dolio, que ella creía ser como viajar fuera del país.  Asina que un domingo cuando los dueños de la casa salieron para la iglesia, ella se escabulló y se fue para La Duarte de donde le habían dicho salían continuamente, guagüitas “pisaycorres” para Punta Causedo, Juan Dolio y San Pedro de Macorís.  

 

Apiñada con toda aquella gente, por fin llegó a la playa atestada de negros lomos salpicados de jinchos pechos de los turistas, o pocos blancos de la comarca. Habían unos cuantos individuos sudando la gota gorda bajo el inclemente Sol dominguero vendiendo cocos de agua que tenían metidos en sendos baldes con hielo. Loca de alegría al verlos, corrió como demente, creyendo que entre ellos, encontraría a Chepo o por lo menos a aquel primo que le había mencionado. “Seño mire señó”—le preguntó al primero: “¿Uté no sabe donde esta Chepo?”--“¿Quién?”—le contestó el mulato mirándola de arriba abajo con cara de malicia. “Chepovaina Chepo mi mario; él anda por ahího..ho.. pero bueno.. pero que Chepo va a sei”—continuó la muchacha insistiendo. El hombre algo molesto por la salida de la mujer, se limitó a contestarle que él no conocía o había oído mentar el nombre del tal Chepo y tomando el balde de los cocos, dio media vuelta y la dejó allí plantada.  A más de cinco coqueros les hizo la “mesma” pregunta recibiendo la “mesma” respuesta adornadas del habitual sarcasmo dominicano y hasta burlas de algunos de ellos. Pero una vieja que allí vendía yaniquecas y Kipes,  le hizo señas y le dijo que ella si de refilón había conocido a un tal Chepo que tuvo amores con su hija y que la “había dejao preñá” y a ella le había robado unos quinientos pesos que tenía guardados en una lata de aceite Crisol. Que por cierto, acá entre nosotros, es uno de un sabor malísimo, hecho de yo no se qué demonio. Le informó además que su hija había averiguado que el sinvergüenza se había ido para Punta Cana con una turista alemana que lo tenía como gigoló.  

 

Bueno, no tengo que decirles y menos describirles, el dolor, desconcierto y honda amargura que sufrió la pobre Bélgica. La vieja aquella compadecida porque muy bien conocía lo que es perder al marido de esa forma, habiendo ella perdido el suyo ahogado en un intento de los muchos que se dan continuamente de gente que se van para Puerto Rico en yolas, le dijo que uno de sus hijos, salía para San Pedro del Macoris en un motor que tenia de motoconcho (es una motora usada como taxi), que le hablaría para que la llevara por lo menos hasta allí.  Esperando estuvo la muchacha debajo de unos cocoteros hablando con la vieja hasta que a media tarde apareció el hijo con el alborotoso y humeante motoconcho.  Luego que la vieja habló con el muchacho de unos dieciocho años, accedió a llevarla por la gasolina de la moto. Bélgica estuvo de acuerdo y enseguida partieron para San Pedro.  Cuando llegaron ya casi declinando el Sol sobre el rio Guamo, al otro lado del puente se detuvo y le dijo que hasta allí la había traído. Como la muchacha se echó a llorar por sencilla y llana desesperación; “compasivo” le dijo:  “Si te acuestas conmigo, te llevo hasta la Romana”. Para los que no lo saben, este es un pujante pueblo donde ubica uno de los ingenios cañeros más emblemáticos e importantes de la República Dominicana cuyos dueños: “La Gulf and Western”, operan un área inmensa de miles de cuerdas de caña y administran un conocido hotel-resorts conocido como Casa de Campo y Punta Cana. Como Bélgica se opuso y con un palo que cogió del suelo, amenazó al muchacho, allí mismo dio media  vuelta y como un demente salió disparado de vuelta a Juan Dolio.

 

La pobre mujer, sin saber que hacer deambuló por el pueblo y llegándose a la placita, se tiró en uno de sus bancos. Estaba tan exhausta la desgraciada que en nada se quedó dormida cayéndose de un lado. No fue hasta la madrugada antes de salir el Sol, que la conversación de otros deambulantes, que de los bancos aquellos, también hacían sus casas, la despertó. Uno de ellos de bastante avanzada edad y sin dientes en la boca, se le acercó y sin mediar palabras, le entregó una funda de papel de estraza con dos Kipes adentro. Bueno como ya he mencionado dos veces a los dichosos Kipes, le explico que son unas frituras en forma cónica hechos de harina de trigo y que se rellanan con carne u otras cosas. Al rato, volvió el hombre acompañado y les entregaron un poco de café en una latita de habichuelas Baldón. El dolor, la soledad, el desamparo y la indigencia, hermana a los que la sufren en forma maravillosa. Es uno de esos “instintos” si se puede usar la palabra, que genera ante el reconocimiento de la necesidad, una forma de altruismo que solo puede ser explicado como puesto ahí por el mismo Dios, profundamente en los cromosomas de sus criaturas porque hasta en los animales se ha podido constatar.

Sin más ideas y aletargada por tanto infortunio, no se le ocurrió a Bélgica otra cosa que sencillamente echarse a caminar en dirección de la Romana pensando que tarde o temprano llegaría. Ya estaba el Sol que quemaba cuando un carro de músicos que iban para los Altos de Chavón paró compadecidos por aquella infernal resolana y la pobre caminando sola, y le ofrecieron pon hasta la Romana ya que por allí pasarían.  Por todo el pueblo buscó afanosamente la muchacha preguntando a diestra y siniestra por Chepo. Pero ni la policía le pudo decir; es más, ni tan siquiera habían oído ese nombre antes. Un policía que enterándose que la muchacha era de la “Línea”, siendo él originario de Montecristi, tomándole lástima le pidió que esperara un tiempo en la estación policial en lo que buscaba a su hija que trabajaba como mesera en Casa de Campo. Tal vez ella podría conseguirle un trabajito allí.

 

 

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