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GOYITO Y RAFIN

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Magazín Bilingüe de Sátira Política, Humor,  Anécdotas, Cuentos, MASCOTAS y Algo de Literatura Puertorriqueña

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San Juan--Puerto Rico

PURA VELA

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2019

El Criollismo Virtud o Defecto

 

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El Criollismo puertoriqueño, Virtud y Defecto

 

El concepto criollo o criolla, proviene del portugués crioulo, palabra derivada del  verbo criar. Conceptualmente sugiere la figura de aquel que es sujeto y responsabilidad del padre. Posee, en consecuencia, un fuerte sentido patriarcal que confirma la naturalidad de la sujeción al otro a la vez que legitima su infantilización por aquel que lo nomina de ese modo. De un modo u otro el criollo, el indiano y el insular vienen a ser la sombra, el opuesto o el doble del español, el hispano o el peninsular. Se trata de la reiterada dialéctica de los secos y los mojados. Semánticamente, la noción criollo constituye un curioso reconocimiento de la diferencia y, a la vez, una justificación de la sumisión al Otro.

 

Aquella idea traducía un viejo prejuicio naturalista o cientificista a un plano etnocultural. Uno de los hechos más visibles dentro de los textos de Indias es la degradación del indio. Aquel procedimiento se apoyó entre los observadores europeos desde los inicios de la colonización en la degradación de la naturaleza americana. La imagen degradada se heredaba como si se tratase de un código genético: del indio pasó al mestizo y, de este, al criollo. A aquella conclusión se llegaba mediante procedimientos complejos. La presunción generalizada de que el progreso material era producto de la bondad del ambiente o la naturaleza, condujo a la conclusión de que la inferioridad de estas fases conceptuales del Otro Americano, tenían una explicación natural o biológica. La naturaleza determinaba el temperamento. El temperamento era un derivado lógico de la temperie o el clima: un europeo y un americano tenía que ser seres distintos.

 

La realidad de que el criollo no era más que un hispano nacido en la Indias que compartía la mayor parte de sus valores, no era suficiente para equipararlo a aquel. Su nación, su lugar de nacimiento, eran las Indias. A lo más que podía apelar para contrarrestar dicha condición, era al hecho plausible de que España era su patria, es decir, el lugar de origen de sus padres o de abuelos. Ello no impedía que fuese considerado como un vasallo inferior. Las consecuencias políticas de ello fueron enormes: el criollo nunca tuvo acceso igual a los privilegios sociales que el hispano.

 

Visto desde esta perspectiva, la pregunta obligada es  ¿qué justifica el manifiesto orgullo colectivo por la herencia criolla? ¿En qué condición se insertan la conciencia  criolla en el proceso de maduración de la identidad puertorriqueña? Me parece que el orgullo se apoya en el hecho de la sobrevaloración  de su condición de descendientes de padres hispano-europeos y en una supresión tácita a la circunstancia de que se ha nacido en Indias. El hecho de la hispanidad o la europeidad heredada por sangre, lo privilegia en su ámbito social. Pero lo cierto es que nunca lo equiparó con el hispano-europeo. Ser criollo representa la carencia de algo que no le deja más opción que respetar por la fuerza a aquel que lo rechaza y lo devalúa. Ello conduce al criollo a expresar un exagerado afán por ser aceptado o asimilado por el otro.

 

Insisto en que el criollo reconoce en España el signo de una patria. La patria es la tierra de sus Padres: no se equivoca. El proceso lo conduce a identificar la ínsula con la nación o la tierra en que nació: tampoco se equivoca. Pero esa misma lógica lo aparta del resto de la comunidad insular. La condición criolla es tan excluyente o exclusiva como la del hispano-europeo. La relación del criollo con el mestizo, el mulato, el negro esclavo o libre, fue tan contenciosa como la de los hispano-europeos. La inferioridad que le adjudicaba el hispano-europeo, el criollo se la adjudica a esos grupos subalternos. El criollo podía ser tan prejuiciado y racista como el hispano-europeo. El criollo, incluso el que se (des)dibuja en el criollismo del siglo 19 y el neocriollismo del siglo 20, fue parte de una aristocracia cerrada y exclusiva y una elite muy consciente de su situación.

 

Los símbolos de poder a los que apelaba el criollo eran los mismos a los que apela el hispano-europeo. Se trataba de honores y privilegios que se podía adquirir y sostener con dinero. La nobleza y la posibilidad de ser denominado don, era crucial.  La nobleza de sangre, la que se adquiría en buena lid o por ciertas ejecutorias, estaba a la mano del criollo. Si a ello añadía ciertas condiciones vinculadas al oficio y a la raza, sus privilegios sociales resultaban seguros. En el juego discursivo entre los textos hispano-europeos y extranjeros sobre Puerto Rico, las voces criollas ocupan una posición incómoda: se vieron precisados a aceptación una herencia que los rechazaba.

 

De aquí que ante la metrópolis del Norte asimismo con igual vehemencia y contradictoria retórica, asumimos las mismas infructuosas posturas; con la gran diferencia de que tales consideraciones no encuentran resonancia alguna en el sajón. Este viene o adviene y se desarrolla como una casi etnia aparte de la madre patria Inglaterra y solo es norteamericano, hispanoamericano, afroamericano. Eso lo define, lo aglomera, lo levanta y lo idealiza.

 

El puertorriqueño, por el contrario sigue con la tendencia de encerrarse en unos individuales nichos que ferozmente se adhieren a esta anacrónica característica del criollismo que lo aisla.

 

El puertorriqueño tiene que aprender que cuanto a luchas o exigencias ante la metrópolis se trate, otros paradigmas han por fuerza de ser usados, de tal suerte que para poder lograrlo, hemos de dejar de ser tan criollos y ser más hispanoamericanos.

 

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