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GOYITO Y RAFIN

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Magazín Bilingüe de Sátira Política, Humor,  Anécdotas, Cuentos, MASCOTAS y Algo de Literatura Puertorriqueña

Bilingual Magazine of political satire, Humor, Anecdotes, Short Stories, Pets and Mascots and some puertrorrican literature

San Juan--Puerto Rico

PURA VELA

ONLY SAILING

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2019

EL MONSTRUO DEL BAJO GRAMPUS

CUENTOS DEL BALANDRO ESTELLA MARIS

“El Monstruo del Bajo Blake”

 

El Caso de Doña Geña

 

Por casi siglos, se venía hablando entre los isleños de las islas de Vieques y Culebra de Puerto Rico, de un monstruo marino que salía del mar y los aterrorizaba de vez en cuando. Cada isla tenía su versión y le daba un nombre propio, pero todos decían curiosamente, lo mismo sobre ciertas características del animal; y por así decirlo, la inmensa mayoría de los pescadores de ambas islas, habían supuestamente tenido un encuentro con el mismo. Para los culebréenses, el leviatán se llamaba el Garadiablo”; para los de Vieques: “ El Monstruo del bajo Blake.

 

A decir verdad, yo no creía ni una o la otra versión; y por buen tiempo de los ocho años que viví en Culebra cuando construí el hotelito  y cabañas de Playa Flamenco, esas cosas eran pura y total pendejadas de esta gente. Para mi natural disposición: figmento de la imaginación, algo exaltada  como común de los isleños. Me reía y mofaba en privado de ello y hasta llegué a comentárselo a mi amigo Esteban Rivera de quien ya les he hablado. “Bueno buen pendejito, pues reza que no te salga un día de estos a ti que te gusta tanto estar bobeando solo por los cayos de los Corchos” – me dijo poniendo cara de espanto. “No me digas coño que tú un marino mercante que has navegado por los siete mares, crees en esa patraña”—le contesté riéndome. “Pues si—me dijo—y es más, a una hermana de mama, se la llevó el Garadiablo un día que estaba recogiendo Bulgaos en las solapas de Punta Soldado a la entrada de la Bahía Fulladosa.  “Bueno cuéntame eso’’ – le dije porque siempre he sentido fascinación por el cuento. Creo que lo heredé de mi abuela Clotilde Eró, que de hecho era una gran cuentista.

 

Geña era la referida tía, viuda que vivía solita ya de ancianita, en una maltrecha y herrumbrosa casucha, entre los peñones y los cactus de Punta Soldado. Todos los días bajaba con gran dificultad hasta las solapas de la rocosa costa, a chequear las trampas de pulpos y de peces que tenia por allí esparcidas y de paso, a recoger los Bulgaos, unos caracoles de tapa que para entonces, llegaban a pesar casi media libra cada uno. Algo que necesariamente tenía que hacer con cierto peligro en marea alta, porque al bajar la misma, esos caracoles, se escondían por debajo de las solapas y entonces era imposible atraparlos.  Tenía la señora la costumbre de destripar, lavar y filetear los peces que atrapaba y sus restos, echar al mar allí mismo. Luego se iba al pueblito de San Idelfonso (eso de Dewey vino después), y vendía todo aquello. De eso vivía doña Geña, porque otra entrada no tenía.  

 

Doña Geña siguió con esta costumbre casi todos los días y por años, al extremo que ya los pececitos que acudían al banquete que ella les propinaba con todo aquello que tiraba allí, con solo ver su silueta reflejada en el agua se arremolinaban en su entorno saltando en espera.

 

Ese fatídico día, su hermana y madre de Esteban, la acompañaba porque la pobre había estado algo indispuesta por ser ya muy anciana. y como contó después, Geña le había comentado que encontraba raro que la juria de pececitos que siempre se arremolinaban al verla, habían desaparecido ese día. Ambas mujeres ya estaban sobre las lajas de las solapas de la orilla cuando de pronto, algo espantoso de color rojizo, con unos grandes ojos negros como melones y largos brazos o tentáculos, con los que agarró a Geña enredándoselos por el cuello, y el otro de igual manera por los pies.  Así se la fue llevando y metiéndola lentamente por el agujero de la solapa por donde había salido. La pobre viejita gritaba forcejando, pataleteando y pidiendo auxilio, pero para su hermana, era imposible quitársela  a aquella cosa que inclusive, había tratado de cogerla a ella también. Dijo que fue algo horripilante ver como la sangre de la infeliz brotaba a burbujones del agujero y ver sus flaquitas piernas como iban pataleando y desapareciendo, hasta que ya no hubo más forcejeo de su hermana.  Despavorida corrió por toda la orilla de la bahía hasta llegar a la casa de parientes que vivían algo retirados del pueblito. Aunque mucha gente luego llegó hasta el sitio del suceso, buscaron en los alrededores, y tiraron unos cuantos cartuchos de dinamita, nada pudieron lograr. Con el pasar de los días y de los meses, todo el mundo eventualmente,  se olvidó de cuando el Garadiablo, se llevó a doña Geña. Unos pescadores trajeron días después,  una ropita manchada en sangre y que habían encontrado como a cuatro o cinco millas de la costa. La policía y los familiares la identificaron como de la pobre viejecita. Estaba toda en girones como si la hubieran cercenado con un cuchillo.

 

 

El  Caso de los Dos Buzos Americanos

 

Estando yo de visita en casa de Esteban Rivera  en su casa del barrio  Martinó en Vieques, allá para los años ochentipico, mucho pero que mucho después de los sucesos de doña Geña y el Garadiablo, se dio un suceso que a mi particularmente me hizo pensar que en efecto en ese estrecho de mar que es la Sonda de Vieques, pudiera haber algo muy raro, muy funesto y peligroso.  Resulta que Esteban tenía un amigo policía que venía de vez en cuanto a visitarlo. Ese día, le informó que unos pescadores de Isabel Segunda—nombre del pueblo principal de Vieques—habían encontrado al garete al Suroeste de Sail Rock, una lancha Boston Whaler de 19 pies. Para aquellos no familiarizados con estos nombres, les informo que este es un aislado peñón a unas cinco millas al Suroeste de Saint Thomas, como de unos cien pies de alto y como trescientos de ancho, que al pasar del tiempo, los Bubies, gaviotas y otro pájaros marinos han prácticamente pintado de blanco con sus defecaciones (de ahí lo de sail -vela). Los pescadores del área le llaman: Cayo Bergantín.  Le contaba el policía que lo extraño era que dentro de dicha embarcación de matricula santomeña, encontraron toda la ropa, equipos y las carteras de dos individuos—luego resultaron ser turistas de Estados Unidos—hasta con Telmos con café y otros con comida aún caliente.  La noticia era algo asombrosa, así que nos montamos en el viejo Jeep de Esteban y nos fuimos para el puerto donde se nos dijo estaba la susodicha lancha. Ya cuando llegamos esa tarde, se encontraban junto con la policía, unos oficiales del Navy  y los dueños registrales de la lancha, quienes habían alquilado la embarcación según dijeron, a dos jóvenes pertenecientes a la Marina, estacionados en Virginia y que estaban de pase como turistas en San Thomas. Habían dicho que irían de pesca submarina o sea de arpón, a los arrecifes de la isla de Savhana al Noroeste de San Thomas. Pasado el tiempo para regresar, y fallido los intentos de contactarlos vía el radio marina, habían decidido notificar a la Guardia Costanera quienes se movilizaron de inmediato y aún se encontraban buscando por todo el pequeño archipiélago que es la isla de San Thomas.

 

Uno de los oficiales del Navy de Roosevelt Roads, sacó un tubito como de probeta y con una cuchilla, lentamente raspó cuidadosamente todo en uno de los bordes de la lancha, donde había notado estar impregnado de una sustancia pegajosa.  Levantaron un acta, todos los presentes lo firmaron y luego cada uno cogió por su lado. Los dueños de la embarcación, luego de entregar todos los objetos encontrados en la misma, echaron gasolina en la Bostón Waler  y de igual forma partieron raudos para Charlotte Amalie, capital de Saint Thomas.

 

Me contó Esteban luego como a las dos semanas del suceso, que su amigo policía le había dicho que su comandancia había sido informada que los estudios hechos al material recolectado por el oficial del Navy, había demostrado que pertenecía a un Calamar Gigante.  Bueno puede usted hacer sus propias conjeturas, pero para mí, que lo mismo que se llevó a doña Geña, se llevó a los dos turistas en cuestión.

 

La Lucha de la Orca del Paso de Sail Rock o Cayo Bergantin

 

Había en Culebra para cuando yo vivía allí, un norteamericano que llevaba muchísimos años residiendo en dicha isla. Por cierto que se había hasta casado con una maestra culebréense. Ahora mismo, no me acuerdo de su nombre, pero nos habíamos hecho muy buenos amigos y en varias ocasiones le di pon (aventón), en mi Cessna 172 hasta el aeropuerto de Isla Grande en San Juan. Tenía ---Llamémosle Bob por el momento-- el singular negocio de venta de pececitos y otros animaluchos marinos, que vendía a través de un distribuidor en Miami.  En ocasiones, también vendía algunos a un Pet Shop de San Juan. Hasta donde yo sé, le iba muy bien y entre las entradas de la venta de pececitos y la de su mujer, vivían muy confortablemente en las Parcelas Clark.

Suplementaba estos ingresos con la pesca de langostas con un sistema de trampa cajones ( en vez de la tradicional nasa), para los cuales no utilizaba boyas para marcar su ubicación.  Su sistema era novedosísimo, el cajón en un determinado tiempo, como de una semana, disparaba un pequeño dispositivo amarrado a una soguilla casi invisible, que emitía una señal que captaba un localizador.  Cuando le pregunté porque utilizaba este sistema, me dijo que con el mismo evitaba el robo de la pesca por gente de Fajardo posiblemente de las Croabas, que venían a levantar las nasas y se llevaban las langostas y cualquier buena pieza de meros que se encontraban.  Además, podía echar los cajones a profundidades donde la común nasa de boya no se podía lanzar.

Tenía Bob, un sitio preferido y que le daba siempre buen resultado. Estaba éste ubicado en un paraje marino que como profundísimo canal, discurre de Norte a Sur, pasando al Este de la boya del bajo Blake.  Había cerca de 500 pies (que luego descendía a miles) donde él echaba sus cajones que a la semana, regresaba con su localizador y luego de recobrar el dispositivo, subía los cajones con un “winche” que había adaptado en su lancha.

En uno de esos días de faena, se llegó al referido lugar, y estando buscando localizar uno de los dispositivos, dos grandes orcas surgieron  resoplando muy cerca de la embarcación.  A renglón seguido y a babor, pudo notar una tremenda conmoción en el mar  como de una gran lucha marina,  cuyas olas que formaba, golpearon con fuerza tambaleando de un lado para el otro su bote. Una orca macho de gran aleta dorsal, había salido disparada de las profundidades con un grandísimo calamar parcialmente en su boca y el resto del animal enredado en todo el resto del cuerpo. Las Orcas son animales en extremo inteligentes, se comunican ente si, y cazan en equipo en forma siempre coordinada. Aunque es muy raro verlas en el Caribe, se sabe que transitan de Norte a Sur del Atlántico a parajes frente al Sur del Brasil una vez al año. Precisamente, al Oeste de Sail Rock se encuentra este canal profundo que no solo utilizan las Orcas sino las ballenas sobre todo los cachalotes que se alimentan de calamares que atrapan a grandes profundidades. Ese día, las otras dos que habían resoplado primero, se llegaron al costado del macho  comenzaron a destrozar los tentáculos del monstruo hasta que el resto así despedazado, fue tragado por este.

 

Con el tremendo susto que se llevó, prefirió Bob, dejar su búsqueda, prendió el motor de la lancha  y partiendo a velocidad máxima, metiéndose con gran peligro, por la “Pasa de Perico” a través de los arrecifes de los Corchos, para así atrechar y llegar ligero su casa. Les quiero mencionar que esta”famosa Pasa de Perico” es un estrecho canalete como de 20 pies de ancho en algunas de sus partes pero hasta menos en el restante. Discurre en un buen trecho de casi milla o dos y media, por entre todo el arrecife pedregoso que cubre el acceso Sureste y hasta casi la boya de la entrada a Bahía Fulladosa entre Punta Carenero y Punta Soldado. Se le conoce así tengo entendido, porque durante los años de la “Prohibición” (era donde se prohibía el consumo de alcohol en toda la nación), un notorio contrabandista de rones y whiskies, de nombre Perico, la había descubierto accidentalmente,  tratando de esconderse de la guarda costanera que lo perseguía. Solo pretendía meterse en ese vasto arrecife hasta entrada la noche y luego salir y escabullirse en la oscuridad. Pero, se percató que aquel canal, proseguía en dirección Este a Suroeste por lo que lentamente y a remos, lo fue siguiendo hasta que eventualmente para su sorpresa, salió a fondo hondo en la misma entrada de la Bahía Fulladosa.  De lo contrario, si usted viene del Este, digamos de Saint Thomas o San Martin para lo que importa, tiene que entrar si viene para Culebra por entre el Cayo Henkey o Jenequí (Noreste), como allí lo llaman, y el islote Culebrita. Es un sustancial rodeo que lo lleva a usted por toda la parte Este de Culebra, pasando frente a Playa Larga, Sonni, Bahía Honda y eventualmente frente a las boyas de Fulladosa. “La Pasa de Perico” entonces, es un atajo valioso para entrar a Culebra desde el Este.  

 

No fue hasta después de otra semana, que armado de gran valor volvió al sitio y pudo recobrar sus cajones.  Un día que vino a pasar la tarde en mi resort, nos pusimos a hablar sobre este tema. Como buen observador y  mejor pescador, me dijo que él creía que los incidentes de doña Geña y el de los dos turistas, estaban relacionados y causados por calamares gigantes que han sido estropeados por las Orcas y cachalotes (Sperm Wales), que salen de estas aguas profundas a las costeras, tratando de sobrevivir, y algunos hasta moribundos. Podía hasta ser el mismo porque estos animales suelen durar muchísimo. Es muy posible que este vasto arrecife, sus posones y canales como el de “Perico” sirviera de natural refugio a esto gigantes calamares que estropeados, viejos o moribundos, les brindan inclusive alimento y poca distancia de donde pueden atacar a personas en sus costas como fue el caso de doña Geña y otros menos o totalmente desconocidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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