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GOYITO Y RAFIN

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Magazín Bilingüe de Sátira Política, Humor,  Anécdotas, Cuentos, MASCOTAS y Algo de Literatura Puertorriqueña

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San Juan--Puerto Rico

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2019

¿EL PADRE JOSEPH?

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foto isla de tortuga foto naufrago haiktiano

 

Primera Parte

 

Esto me lo contó mi  amigo Gerard, cuando vivía en la frontera con Haití, en el Noroeste de la República Dominicana, hace ya algún tiempo. Según él, lo que les voy a relatar ocurrió en su villa natal de Palmisté (Hoy Mapu), en la Tortuga. Esta es una isla de relativo tamaño, cuna que fue de bucaneros, piratas y asaltadores en la época colonial.  Queda la misma, al Noroeste también, de Cabo Haitiano.  Sino mal me acuerdo, la esposa de mi amigo, era pariente del protagonista principal de esta insólita historia y la quien le pidió que me la contara a mí.

 

Resulta que un grupo de residentes de Palmisté, cristianos católicos, llevaban ya algún tiempo solicitando a la  Diócesis de Cabo Haitiano, que les enviara un sacerdote a tiempo completo. Nada fácil porque para entonces, no eran muchos los que la Iglesia tenia disponible para tal tarea. Pero a la insistencia de estos feligreses, el metropolitano de allí, por fin decidió enviar a un joven recién ordenado sacerdote de Faetón, quien se ofreció  para la tarea. Se llamaba Joseph, aquí para entendernos mejor, le diremos José.

 

Hay unos setenta y pico de kilómetros o  casi 44 millas náuticas entre dicha isla y tierra firme de Capetian;  aunque muchísimo menos desde Port-du-Paix. Es un canal de mar con la habilidad de tornarse bastante borrascoso y peligroso, si sube  nada más que un poco el viento sobre todo si coincide con un cambio de marea.   Hay embarcaciones que se dedican a llevar y traer mercancías desde un puerto al otro; en su mayoría goletones criollos mal olientes y poco pudientes. Son sus capitanes no muy cristianos que digamos, de escrúpulos y costumbre aún menos. Te van a cobrar por llevarte dependiendo quien tu eres, y en la cubierta, expuesto al constante chisporroteo de las olas barriéndola y mojándote.  En la subida, con viento acuartelado a popa de estribor, no es tan malo, pero con viento fuerte, el mar se mete en la cubierta como quiera.  

 

El día que le tocó viajar al Padre Joseph o José, el único goletón disponible le quiso cobrar una exorbitancia, cuando lo vieron vestido como cura en sotana blanca—bueno, lo había sido alguna vez—por lo que se negó, aunque hubiera tenido el dinero para pagar. Hubo momentos en los cuales llegó a dudar de su decisión y ganas le entraron de regresarse a Faetón donde había estado cómodo, tranquilo y querido. Pero como siempre hay gente buena aún entre los más malos, un muchacho que allí estaba en el puerto ese día, se le acercó y le dijo que su hermano tenia una canoa en la cual ya habían hecho la travesía;  que iría a preguntarle si podía venir y llevarlo hasta Tortuga.

 

Bueno, ambos hermanos a las dos o tres horas de espera, llegaron.  Venían discutiendo, porque solo a regañadientes éste había aceptado poner la canoa a la disposición del padre José por un módico precio. Con eso, no había problema pero el asunto er,a que el padre no sabía remar y el otro hermano dueño, de  ninguna manera quería ir hasta Tortuga, porque además de tener otras cosas pendientes, también era ateo acérrimo y hasta lo único que practicaba como religión era algo de Vudú.  Allí, en cierto impase se encontraban con la tarde cayendo, y haciéndose tarde para tal viaje. Aconteció inesperadamente, que un marchante de ropa usada de Port a Paix, le ofreció una buena suma si en la dicha canoa, que era tipo taina--los Guaraos de Venezuela llaman curiara, larga, muy bien tallada de un solo tronco ahuecado--  de unos veinte pies de eslora, le llevaban los fardos que traía. No los había podido meter en el goletón aquel, que hacia buen rato había partido.

 

Resuelto el problema, como mucho en la vida por dinero,  se metieron en la canoa entonces, el padre José, el muchacho y su hermano dueño,  acomodaron los pesados fardos de ropa usada. Partieron casi anocheciendo pero como esperaban luna, creyeron que de noche y con la caída del viento, antes de la madrugada, ya estarían en Palmisté.

 

A mitad del camino, arreció el viento desmesuradamente y así también el oleaje haciendo el remar casi imposible, porque motor  no tenía. Cosa muy extraña, pero así son las cosas en la vida, los males te vienen sin ser invitados y cuando tu menos esperas, mereces o necesitas. Aquellos pesados fardos de ropa, se movieron de sitio y con un golpe de mar, la canoa desbalanceada, se volcó. Tanto el muchacho como el padre José se ahogaron porque ninguno sabía nadar. Los fardos igualmente flotaron por breves instantes y luego junto al padre y el muchacho, se fueron al fondo del mar. Se pudo salvar el dueño de la canoa quien nadaba como peje macho, y volviendo a enderezar la canoa, sin  ningún esfuerzo se volvió a meter en ella. Recogió los remos que por allí flotaban y  viendo a lo lejos en la penumbra de la madrugada las lomas de la Tortola,  remó furiosa e incesantemente hasta llegar a la playa. Allí se tiró en la arena exhausto como estaba quedándose casi enseguida dormido. Ya más entrada la mañana, unos pescadores que de aquel pueblo venían, allí casi muerto y tirado a lado de la canoa, lo encontraron. Sin quererlo despertar notaron que había como especie de bulto o saquito, amarrado en uno de los banquillos de la canoa. Era del padre José que por asegurarlo, allí los había puesto. Por su curiosidad lo abrieron y se percataron que le pertenecía al sacerdote que por tanto tiempo, habían solicitado. Asombrados, se miraron y locos de alegría, corrieron al pueblo a notifican a todos que le padre José había llegado.

 

No había ascendido el Sol del medio día, cuando en la playa, en torno al casi náufrago, tirado en la playa, el pueblo completo se había congregado y entornaban cánticos y bailaban alegres dándole gracias a Dios por haberles enviado un sacerdote. No se podían imaginar, que quien allí tirado, exhausto más asustado que sorprendido, quien en realidad estaba, era un ateo acérrimo, anticlerical y practicante en todo caso del Vudú.

 

Por buen rato, los lugareños siguieron danzando, cantando como enloquecidos, casi sin prestar atención al náufrago que no se había atrevido a incorporarse de aquel extraño trance en que se encontraba y que menos comprendía. Al rato y picados por el hambre, comenzaron a llegar unas mujeres del pueblo con unas bateas y jícaras con mucha comida y bebidas. Los danzantes entonces, hicieron un alto y se sentaron en la arena a su lado, para engullir aquello. Nuestro hombre muerto del hambre luego de aquel esfuerzo sobrehumano en la nefasta travesía, se les arrimó y las mujeres le brindaron de lo mejor que tenían. Comió y comió, bebió y bebió hasta hartarse y volvió a tirarse sobre la arena. Todo el mundo al ver lo que el “padre José” había hecho, de igual forma creyendo era lo correcto, imitándolo, hicieron lo mismo y se tiraron sobre la arena.

 

Ya sabían de antemano que el sacerdote venia de camino, por lo que con mucho esmero, le habían preparado desde hacía algún tiempo, un bohío provisto del sencillo amueblado de costumbre y dentro, colgado de los arcones, frutas, flores y agua fresca.

 

Entrando la tarde con el Sol comenzando a dejarse sentir, se levantaron todos y llegándose al hombre, lo levantaron y a cuesta lo llevaron ceremoniosamente y cantando por todo el camino hasta el tal bohío.

Un lugareño quien fungía de Majistra vil la o alcalde de la villa, entonces muy solemnemente se dirigió a él: “ ¿El Padre Joseph?” Nuestro hombre sin saber que como bregar con aquello, sencillamente le contestó:”Si m' se l”  que en patois quiere decir: “Lo soy”. Entró al bohío y se acostó en su hamaca.

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En el primer goletón que llegó de  Cabo Haitiano, los lugareños avisaron a las autoridades eclesiásticas de allí, que el Padre José ya había llegado sano y salvo a Palmisté y que le quedaban muy agradecidos.

 

Segunda Parte

Dos semanas Después

---Continua----