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GOYITO Y RAFIN

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Magazín Bilingüe de Sátira Política, Humor,  Anécdotas, Cuentos, MASCOTAS y Algo de Literatura Puertorriqueña

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San Juan--Puerto Rico

PURA VELA

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2019

EL VIETNAMITA

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El Vietnamita

‘EL VIETNAMITA”

Dedicado a mi condiscípula Sonia Zapata

ávida lectora de mis cuentos

4 de julio 2016

 

Fueron muchas las cosas que la guerra de Vietnam cambió o mejor dicho: infligió en la Nación Americana. De una manera éramos y de otra regresamos a nuestros hogares al terminarse la misma. Para muchos puertorriqueños, igual que otros norteamericanos, aquello fue atroz; una verdadera calamidad en todos los sentidos. La guerra siempre deja a los hombres marcados, se le conoce como psicosis de guerra, y adicionalmente, sin una pierna, brazo, ojo; o todo a la vez.  Pero la de Vietnam, no solo nos dejó de esas maneras afligidos, sino que igualmente nos destruyó. Porque que infectó a una enorme cantidad de excombatientes, con una terrible dependencia a los narcóticos; de la cual no se ha podido recuperar.  Yotra cosa: no solo trajimos todo ese nefasto bagaje, sino que por decirlo de alguna manera, fueron muchas las cosas que nosotros por nuestro lado dejamos allá  también.  

 

Esta es la historia precisamente, de eso que “nosotros, también dejamos allá”bueno, que en realidad en este caso, no se quiso dejar en aquellas remotas tierras. Porque Luis Antonio Meléndez (nombre ficticio por supuesto), compueblano y amigo mío a quien luego me volví a encontrar ya de viejo, se trajo algo que no quiso dejar como tantos otros hicieron. Sia un hijo; un muchachito que tuvo con una vietnamita que perdió la vida en aquella tormentosa, frenética y alocada huida de Saigón, cuando el Viet-cong cercó la ciudad y los norteamericanos bochornosamente abandonaron a Vietnam. Una bomba de mortero cayó prácticamente al lado de la infeliz, cuando con su hijo de escasos meses  en sus brazos,  venia huyendo con mi amigo, para abordar uno de los helicópteros que evacuaban a los  soldados, sus familiares y a todos aquellos vietnamitas de alguna forma conectados al esfuerzo bélico norteamericano. Luis tomó a la criaturita de las manos de su moribunda madre y ella le hizo jurar que lo cuidaría y se lo llevaría consigo a su patria.  Corrió y corrió  como galgo asustado, con el muchachito que metió dentro de la mochila  de soldado que traía a sus espaldas; no tuvo tiempo para  más  nada --me contaba- entre el tableteo de las ametralladoras, las balas y las bombas que caían a su alrededor como lluvia de granizo. Así a duras penas, pudo llegar hasta el portón de la embajada norteamericana y otro puertorriqueño de guardia allí, lo dejó entrar entre toda aquella multitud de desesperados que llenos de pánico, vociferando y gritando,  trataban de resguardase allende de los portones. Ya adentro, pudo montarse a empellones en unos de lo Sikorkys que sin parar, transbordaban hasta los buques surtos mar afuera.  Con el cambio de presión al despegar, ya en el helicóptero, el bebé comenzó a llorar. Luis lo sacó de la mochila y otra vietnamita recién parida viéndolo, le dio el pecho y lo amamantó hasta llegar al barco.

 

Para bregar con bebes, con perros y gatos, a los norteamericanos, no hay quien les gane. Así que el muchachito, durante la larga travesía hasta Filipinas y de allí a San Diego; fue esmeradamente atendido por las enfermeras a bordo. Sencillamente, como uno más de los otros bebe, de los cientos que salieron de Vietnam en aquellos fatídicos días; hijos o adoptados. De apenas meses de nacidos, todos parecidos—así son los bebes—chinitos y chinitas todos sin distinción, pero con los genes de los invasores. Luego allí y antes de ser licenciado su padre y regresado a Puerto Rico, fue atendido esmeradamente en uno de los hospitales navales de dicha base y puerto. De manera que sus primeros meses, y casi por un año y medio, el niño creció bajo los mejores cuidados médicos y alimentación infantil. Esto es determinante como todos saben en el desarrollo posterior de los infantes.

 

Muchacho tan aplicado y atleta, fue merecedor de una beca de estudios en una prestigiosa Universidad en los Estados Unidos, lo que presentó su primera prueba de amor para con Betsy. Aunque ella le manifestó su beneplácito por tan merecida oportunidad, bien sabia Luis de lo apenada y entristecida que esto la dejaba. Él por su lado, vaciló varias veces si aceptaba por ello, la beca e irse al Norte, y fue Betsy quien más sin embargo, insistió y lo ayudó a tomar la decisión finalmente de irse. “Te estaré esperando, vete y aprovecha la oportunidad”—le dijo pero con lágrimas en los ojos-- Así que un buen día de septiembre, temprano en la mañana, junto a su padre, la muchacha lo vio partir desde el Aeropuerto de Isla Grande, en uno de aquellos ruidosos DC-7s de la Pan American, que para entonces era el modo de transporte aéreo y que tardaban  más de ocho horas hasta llegar a los Estados Unidos.  Lo vió cuando entrando a la aeronave se volteó, la buscó y levantando la mano, le dijo adiós. Ajeno a que aquel, sería el último que le estaba dando.

 

Estando ya en el último año de Bachillerato, recibió la noticia: tanto Betsy como su padre, habían muerto en un aparatoso accidente en la Carretera Militar entre Arecibo y Manatí; a la altura del barrio Santa Ana.  El muchacho sucumbió, se encerró en su habitación, dejó de comer y salir, y se hubiera enfermado de los nervios perdiendo ese  último año académico si no es por uno de sus profesores, que sabía todo sobre Luis y que en su juventud había servido en Vietnam. Pagó el pasaje y acompañó a Luis para venir a Puerto Rico, llevar flores a la tumba de su amada y en breve, regresar a los Estados Unidos y terminar sus estudios con honores también.

 

No quiso luego regresar a Puerto Rico; lo hizo estando ya en la facultad de Medicina de Yale años después y solo por la noticia de la enfermedad de su padre. No se quedó mucho tiempo. Le dijo a su padre:”Papáno me puedo quedar más tiempo; veo a Betsy en cada esquina del pueblo; la siento hablarme, huelo su perfume, esto me está doliendo y afectando demasiado”. Bueno el muchacho se regresó, terminó su carrera y tanto su padre, anciano achacoso como ya estaba, como aquel profesor que lo ayudara tanto, y que se había convertido en su mejor amigo, estuvieron presentes el día de su graduación.

 

Ya acá en Puerto Rico, se especializó en Medicina Tropical. Conoció a otra doctora --que a propósito-- tenía un gran parecido con Betsy y luego de una larga relación, se casarón. Su primer retallo fue una hembrita y su nombre:... pues claro: “Betsy”.

Luego de eso, tuve que ausentarme de Puerto Rico por varios años pero cuando regresé, di un viaje a Manatí para las fiestas Patronales de la  Candelaria, y lo primero que hice fue preguntar por el “Vietnamita” y su padre. Me dijeron que  hasta donde se sabía, se había marchado con su mujer y familia que ya era grande, para Vietnam. Su padre hacía un par de años había fallecido. Alguien que los conocía había dicho que ahora junto con su esposa puertorriqueña, había abierto consultorio en el pueblito de su madre cerca de Da-nang, y medio día, atendía gratuitamente a los que no podían pagar.

 

De regreso a San Juan, reflexionaba yo: “a la verdad que la vida es rara!que mucho ha andado el puertorriqueño!  Pero cuan aún, sigue siendo un enigma el corazón humano; no obstante, continúa produciendo estas “exóticas flores”; estas joyas del su comportamiento.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Luis Yen Melendez