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GOYITO Y RAFIN

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Magazín Bilingüe de Sátira Política, Humor,  Anécdotas, Cuentos, MASCOTAS y Algo de Literatura Puertorriqueña

Bilingual Magazine of political satire, Humor, Anecdotes, Short Stories, Pets and Mascots and some puertrorrican literature

San Juan--Puerto Rico

PURA VELA

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2019

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FLORENTINO Y PALOMA

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Florentino y Paloma

 

Rafin R. Mena

Lo que les voy a contar, aunque ustedes no lo crean, me lo dijeron los coquis del caño detrás de mi casa, cuando vivía en Yabucoa.  Si... mis amigos, son parlanchinos y muy cuentistas los coquis, sobre todo los guajones que viven cerca de las casas al lado de los guajonales de los montes. No sabría cómo explicarles esto, pero desde un tiempo acá, he aprendido su lenguaje. Así, que de lo mucho que ya me he enterado, de sus chismes, dimes y diretes, este es mi favorito. Espero les guste tanto como a mí.

Florentino había emigrado con su tío a los Estados Unidos muy jovecinto. Después del divorcio de sus padres. Tenía trece años cuando llegó al barrio y no le fue nada fácil adaptarse a aquel nuevo entorno, lleno de hostilidad y violencia. Pero con el ahínco y deseo de superación de muchos de nuestros emigrantes, estudió hasta graduarse de escuela superior y luego, de un instituto técnico de Manhattan. Eventualmente, después de varios años de grandes sacrificios, abrió un colmado o “pulpería”, como lo llaman allá, en la “Marketa”, entre las 111 y 116 Avenidas, debajo del Metro en East Harlem. Le robaron y lo asaltaron varias veces pero a pesar de todo, con esfuerzo y determinación, prosperó. Al poco tiempo también se casó con una muchacha mitad puertorriqueña y mitad colombiana. Miriam Quesada, le dio tres hijos; dos varones y una hembra. Fueron un poco más de treinta años de fructífero matrimonio, logrando economizar, educar a sus tres hijos, todos profesionales y llevar una vida con ella de relativa felicidad... bueno hasta donde es posible ser feliz en este valle de lágrimas.

 

Cuando Miriam murió, y sus hijos se casaron también, no había cosa que Florentino quisiera más que regresar a sus lares patrios. Allí aspiraba pasar sus últimos días tranquilos.  Es el sueño de la inmensa mayoría de los que emigramos, poder pasar nuestra vejez en el suelo donde nos parieron nuestras madres. Por eso, un domingo, después de la iglesia y como era su costumbre de almorzar en la casa de uno de sus hijos, aprovechando que todos estaban reunidos celebrando el bautismo de un nieto, les informó de sus planes.

 

Todos aprobaron y como ninguno interesaba seguir operando la “pulpería”, se la vendió a un dominicano, incluyendo la parte del edificio que le pertenecía. Hizo un buen negocio y con el dinero proveniente de la venta y lo que tenía economizado a través de los años, cogió sus motetes y se vino para Puerto Rico. Compró una pequeña finquita con una casita, de hecho, no muy lejos de donde había nacido. Ya desde mucho antes conocía el sitio, un precioso valle con una quebrada que pasaba muy cerca de la casa y vaciaba en la bahía que era el límite Sur de la propiedad. Sus anteriores dueños, acababan de emigrar a Orlando y por eso, pusieron la finca en venta. Así que fue en East Harlem donde averiguo de la propiedad.

 

La primera noche que pasó de regreso, se arrodilló y le dio gracias a Dios por permitirle regresar y con suficientes recursos para pasar el resto de sus días en su patria: “Gracias Padre Santo por permitir mi regreso y a pesar de todo, sano y salvo...Bendito seas”. Luego, poco a poco, se puso a arreglar todo lo deteriorado de la propiedad: la casa, el establo, las verjas hasta que empezó a verse mejor que las fotos que le había enseñado el vendedor de bienes raíces del Bronx.  La casa... bueno, en realidad un glorificado bohío o cabaña de dos cuartos dormitorios, y un espacio central que servía de comedor, sala y en uno de sus extremos, de cocina. El baño con el inodoro, o debo e decir la letrina, estaba afuera conectado con un pasillo techado.

 

No era mucho la casita, pero Florentino estaba satisfecho. Sobre todo, le gustaba mucho aquella idea de sus anteriores dueños de haber techado parte del bohío con pencas de palmas canas en sus cuatro lados o aguas. Un trabajo tan bien hecho que ni una gota se  filtraba por el mismo cada vez que llovía. Debajo de las pencas trenzadas en los cuartos, se había colocado unos mazos de paja de pacholí. Yo no sé si ustedes están enterados que este pasto o hierba, es de donde se extrae la esencia para el perfume Vetiver.  De suerte que cuando llovía, la humedad hacia que se inundara la casa con dicha fragancia.

 

Todavía para cuando él llegó, no había electricidad en el barrio, aún así, se sentía feliz por su adquisición y a los cuatros meses, había instalado una plantita de ocho kilowatts con un tanque para cien galones de combustible Diesel, con lo que electrificó no solo el bohío, el establo, el baño y un pequeño cobertizo detrás de la cocina donde ya había construido un horno de ladrillos para hornear pan y otro donde cabía un lechón completo.

 

El hombre vivía solo, pero con todo aquel arduo trabajo de mejoras, restauración al bohío, la tala de vegetales y el gallinero apenas había tenido tiempo para rascarse la cabeza, y menos para sentirse solo. Uno que otro vehículo o camión que pasaban raudos de vez en cuando por la carretera, era lo único que interrumpía la tranquilidad y sosiego que disfrutaba tanto. Aparte de esto, Florentino vivía en completa quietud muy distinto a la habitual cacofonía  de sirenas de ambulancias, gritería, disparos y los bocinazos que emitían los vehículos frente de su apartamento en el East Harlem. Varios meses, le tomó acostumbrarse a aquel agradable y estridente silencio... créanme.  

 

Dos años de haber llegado, en completo confort y con todas las posibles comodidades, Florentino se sentía como si hubiera vivido allí toda su vida. Por su natural disposición, hizo amistad enseguida con sus dos vecinos, jibaros que igual que él, cultivaban sus conucos con sus mujeres y cargados de hijos.

 

Todo pasó durante la temporada de lluvias; ¡sabe Dios como llueve en ese litoral y como son de torrenciales los aguaceros!  Pero había cesado de llover esa noche y el vallecito gozaba de ese especial sordo silencio que se produce luego de fuertes lluvias. Subía un suave aroma a vegetación mojada que al mezclarse con el del pacholí, producía una rara sensación de bienestar. Se había reclinado en su hamaca para ver las noticias en su televisor y oír el concierto que habían desatado los coquis en los barrancos a la orilla de la quebrada, que con su gorgogeo, los animaba. Difícilmente puede encontrarse en la naturaleza, sonido más agradable y harmónico que el ‘canto de pajarito” de los coquis; sobre todo, después de lluvias. De pronto... un carro pasó raudo frente al bohío, para detenerse un poco más adelante emitiendo un agudo sonido cuando frenó de cantazo y en enseguida, un martillazo de puerta que se tiraba con fuerza rompió el silencio y paz de la noche.

 

El hombre sobresaltado por aquel atentado contra la serenidad de la noche, se tiró de la hamaca y amarrándose la correa de los pantalones que había soltado, salió fuera del bohío para ver de qué se trataba todo aquel barullo. Enseguida le llegó la voz de un hombre a todo pulmón, profiriendo toda clase de obscenidades y la voz apagada de una mujer que como que le respondía, pero por eso no podía distinguir lo que ella decía. Obviamente la insultaba; aparentemente el sujeto se había puesto violento y la había agredido, ella gritaba justamente cuando de nuevo comenzó a llover torrencialmente. “No eres más que una puta asquerosa desgraciada mala perra mal agradecida”... fueron sus últimas palabras antes de que de nuevo oyera otro golpe de puertas y con furia saliera el carro disparado carretera abajo.

 

“!Wow...Dios santo, que ha sido esto!” –se dijo, pensando que todo había terminado y volvió dentro de la seguridad y paz de su bohío.  No habían transcurrido ni diez minutos, cuando desde la hamaca, creyó oír a alguien sollozando... era como un rumor que traía y llevaba, la suave brisa del chubasco que no cesaba.  “¡Coño... eso otra vez!”—se dijo y tirándose un viejo poncho sobre la cabeza, con una linterna en mano, caminó hasta la mitad de la carretera. Allí, sentada sobre los baúles  de viejos ladrillos que servían de contención en el pequeño puente sobre la quebrada, estaba sentada una joven mujer llorando y sollozando.

 

Había comenzado a llover torrencialmente y Florentino, acercándosele dirigió la luz de la linterna sobre la mujer. La pobre al verlo cubierto con el poncho y con la luz de la linterna reflejando sombras grotescas sobre su cara, se levantó despavorida creyendo ver una aparición de ultratumba. Parecía que la pobrecita se iba a echar a correr. Dándose cuenta Florentino del predicamento en que la había puesto, le habló: “no.. no temas, no te asustes, yo soy la persona que vive allí”—le decía mientras señalaba el bohío sobre la lomita cercana cuyas luces se podían divisar desde la carretera.

 

--“¿Estás bien?”—fue todo lo que pudo decirle. La mujer, mirándolo de reojo y en forma muy  displicente, le contestó: “¿cómo coño voy a estar bien, sola aquí en esta mierda de sitio y bajo esta maldita lluvia?” y poniendo una cara de total fastidio volvió a sentarse sobre los baúles.

 

--“Bueno... lo siento señora... todo lo que puedo hacer es ofrecerle mi humilde casa como abrigo de este torrencial aguacero”—había arreciado ahora la lluvia que caía como pedradas sobre los dos. La pobre mujer estaba entripada de pies a cabeza y titiritaba del frio y la humedad de la noche. “Porque no sube conmigo para que se pueda secar; no vaya a ser que le dé una pulmonía?—Volvió el hombre insistiendo a preguntarle.

 

Completamente sobrecogida por el diluvio que no quería cesar,  levantó la mujer la cabeza. Miró hacia el bohío, se incorporó y en voz agria le dijo:”ok... ¿qué carajo; que más me puede pasar hoy a mi? Y sin que nadie la dirigiera, comenzó a caminar hacia la entrada del camino que llevaba al bohío. Florentino trató de poner su poncho sobre la cabeza de la mujer para protegerla de la lluvia, pero ella en forma algo violenta le empujó la mano impidiendo su ofrecimiento.

 

Una vez llegaron a la puerta del bohío, la mujer se paró y mirándolo seriamente le advirtió: “Bueno entraré pero se lo digo, sin nada de hanki panki”. Florentino sin comprender lo que ella quería decirle, le abrió la puerta  y sin esperar más, fue directamente a su cuarto a buscar algo de ropa para que la mujer se cambiara, dejándola parada ya dentro de la casa. “¿Qué es eso?”—le preguntó ella cuando regresó con unos pantalones y camisa suyos. Era lo único que tenía para ofrecerle. “Estos son ropa seca para que si quiere se pueda cambiar en lo que se le seca la que tiene puesta”—Le contestó, esta vez, ya algo incómodo con el proceder de la mujer. Puso entonces las mismas sobre una silla y volvió a su hamaca a ver televisión.

Como una hora después y cuando ya estaba Florentino bostezando y estirándose para irse a acostar, se presentó la mujer ya cambiada y vestida con sus pantalones y camisa lo que le quedaban en extremo holgados impartiéndole un cierto medio cómico semblante. Ambos se miraron pero sin mediar palabra entre ambos. Entonces, con la luz del televisor, fue cuando Florentino vino a percatarse que frente a él, estaba parada la muchacha más bella y hermosa que jamás había visto.

 

 

 

 

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